Miedo a la luz

La mayoría de las personas experimentan en algún momento de su vida, principalmente en la infancia, un nivel de temor a la oscuridad; es algo sumamente normal en los niños y algunos adultos nunca superan ese miedo.

En mi caso no fue así, nunca le he tenido miedo a la oscuridad, ni en mi primera infancia, mi miedo generalmente ha sido a la luz.

En alguna etapa de mi vida podía pasar días enteros encerrada en mi departamento con las cortinas abajo y sin encender las luces; ninguna. Incluso cuando me levantaba al baño me era sumamente incómodo encender la luz porque me molestaba la vista, así aprendí a andar perfectamente por la casa sin necesidad de prender nunca la luz.

Por otro lado, la luz es un concepto que suele asociarse con la vida, cuando naces tu madre "da a luz", sucede el "alumbramiento", vez por primera vez "la luz", sea natural o más comúnmente artificial, cuando te sacan del seno materno te deslumbran con esa incómoda luz intensa de un quirófano.

De las cosas que más amo en la vida, es contemplar el amanecer, ese bellísimo momento entre las 4:50 y las 9:30 de la mañana, dependiendo de donde te encuentres y de la estación del año, cuando la noche le cede el paso a la luz, cuando de pronto la hermosa luna le abre el telón al reluciente sol y sucede la magia. Esos tonos entre azulados, naranjas, rosados y amarillos, que solamente un amanecer nos puede regalar.

Pero aunque me  considero una amante de la vida; resulta que le sigo teniendo miedo, pánico, pavor, a algunos pasos de la vida.

De nuevo me enfrento a un reto maratónico; quizás el más desafiante de mi vida al que me enrolé hace 19 días y sin estar realmente preparada, así soy yo, hago las cosas desde mis entrañas, enfrentando el miedo, y ya en el camino me empiezo a tambalear. No hay vuelta atrás, eso lo sé, no es mi estilo y esta no será la excepción, vamos apenas en la recta de salida, no hemos andado ni un kilómetro completo del maratón, pero vamos a paso firme; los siguientes 15 días, aparentemente estaremos corriendo en una planicie, por lo que eso nos ayudará a ir recobrando energías y guardarlas para lo que viene. 

En aproximadamente un mes, se viene una subida muy empinada, y debo prepararme psicológicamente para aguantar. Sí, tengo miedo, mucho, pero no dudas.

Muchos esperan que al final de esa subida, o incluso a la mitad, me sentiré sola, agotada, desesperanzada y me bajaré del barco; para mí, lo primero es factible pero lo segundo no; no hay paso atrás.

No me intimida esa pendiente, me atemoriza la luz que encuentre arriba, cuando me acerque al sol y las posteriores subidas y bajadas que son parte del trayecto.

Ahora estoy sola, platicando conmigo misma y recapitulando la historia para recordar exactamente por qué estamos aquí.

La oscuridad no me detiene, me fortalece, ella y yo somos una, somos cómplices.

Somos invencibles hasta que llegue el sol.

C.S.

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